Científicos locales e internacionales explican cuál es la evidencia detrás de este fenómeno.
Es una razón bastante lógica: cuanto más energía haya en el aire, mayor es la posibilidad de que se transforme en rayos, vientos intensos y lluvias torrenciales. Tiene sentido, entonces, que el calentamiento global de la atmósfera promueva tormentas como las que cayeron en varias partes del país en las últimas semanas.
Los desastres que hace poco afectaron a Buenos Aires, Mendoza, Salta y La Pampa podrían verse influenciados por el cambio climático. Y aunque científicamente no hay una atribución directa de estas tormentas al proceso global, sí se han modelado tendencias en la región. El Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) explicó que existen principios físicos generales que favorecen el desarrollo de tormentas extremas.
“Necesitás condiciones para el ascenso, en especial que haya más aire cálido y húmedo, y condiciones para que este aire suba. Este es el combustible para una tormenta severa”, describió Carolina Vera, coordinadora de desarrollo de proyectos para el Centro Regional del Clima para América del Sur y exvicepresidenta del Grupo I del IPCC.

Vera sumó a su línea de razonamiento que el aire caliente tiende a ascender desde la superficie hacia la atmósfera. Cuanto más cálida está, más aire puede elevarse y con mayor rapidez. Esto forma nubes gigantes y extremadamente altas. En ciencia las llaman cumulonimbus: nubes en las que grandes volúmenes de aire húmedo suben y bajan constantemente.

“El cambio climático lo que hace es calentar la atmósfera. Esto hace que el aire húmedo entre más rápido y caiga más agua. Esto ya está pasando”, añadió Vera. Según ella, ya hay registros en el mundo de una mayor frecuencia de tormentas severas, incluso en lugares donde llueve menos. “Porque hay sitios donde la precipitación anual cayó; sin embargo, cuando llueve, llueve con intensidad”, señaló. En zonas húmedas como el Litoral y la Pampa Húmeda, la cantidad de agua puede escalar a un volumen tal que resulta difícil que no haya inundaciones.
A esto se suma que, en muchos casos, el calor es tan intenso que las gotas no llegan al suelo: se evaporan antes. El resultado son tormentas con poca lluvia y muchos rayos. “En la Patagonia esta es una fuente de incendios. Por ejemplo, el del parque nacional Los Alerces se hizo por un rayo que cayó el 28 de noviembre del año pasado”, destacó.
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La fricción constante dentro de las cumulonimbus genera electricidad estática que luego se descarga en forma de rayos. Cuando el suelo está seco, como ocurre en el norte patagónico, alcanza una chispa y viento para desencadenar el caos.

¿Proviene de la actividad humana?
Dos puntos que son consenso entre la mayoría de los científicos y gobiernos: primero, que la temperatura global está aumentando; segundo, que ese incremento corresponde al aumento en la concentración de dióxido de carbono (CO₂) y otros gases de efecto invernadero.
Según la NASA, hoy hay 427 partes por millón de CO₂ en la atmósfera y, para enero de 2025, la temperatura había aumentado 1,19 °C respecto de la era preindustrial, según registró el monitor meteorológico europeo Copernicus. Esta comparación es clave, porque los científicos atribuyen el incremento de estos gases a la actividad humana, especialmente en los últimos 150 años.

Y aunque 1,19 °C parezca poco, es la temperatura media más alta registrada por la humanidad. Además, el aumento no había sido tan veloz, al menos en los últimos 2000 años. Como consecuencia, se modifican los climas en todo el mundo. Según los expertos, la tendencia continúa en ascenso.
En este contexto, el Acuerdo de París propuso limitar el calentamiento mediante políticas que transformen la forma en que producimos energía y reduzcan al máximo el uso de combustibles fósiles, principales responsables del aumento de los gases de efecto invernadero.
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¿Por qué estos gases calientan?
Según explica la NASA en su sitio web, el efecto invernadero es vital para la vida. Aunque hoy tenga mala prensa, sin gases como el dióxido de carbono, la temperatura de la Tierra sería 33 grados más baja. Estos gases atrapan parte del calor solar e impiden que escape de inmediato. “Es como si el calor tuviera un techo que lo hace rebotar. Por eso, nuestro planeta tiene una amplitud térmica mucho más chica”, precisó Díaz.
El problema surge cuando su concentración crece de manera desmedida: el calor se intensifica y se alteran dinámicas climáticas como la cantidad de lluvia, la frecuencia de tormentas e incluso las corrientes marinas.
Según la Agencia Ambiental Europea, desde la década de 1980 la concentración de estos gases se disparó. Durante 800.000 años, el CO₂ atmosférico no superó las 300 partes por millón (ppm). Sin embargo, desde la Revolución Industrial alcanzó su nivel actual, con 427 ppm en 2022.
¿Y qué tiene que ver esto con la industrialización?
El vínculo que plantean los meteorólogos entre el aumento de la temperatura, la concentración de gases de efecto invernadero y la industrialización está relacionado con la matriz energética. El gas, el petróleo y el carbón contienen carbono y, al quemarse, emiten dióxido de carbono.
El uso masivo de combustibles fósiles incrementa estas emisiones, aunque también existen otras fuentes que alteran el ciclo del carbono, como la deforestación. “Todas las plantas captan dióxido de carbono y lo transforman en un sólido. Cuantas menos haya, más CO₂ habrá en la atmósfera”, concluyó Díaz.
